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En la escuela, ¿qué es un reglamento y para qué sirve?

Reflexiones para un año que se termina y otro que comienza, por David Arévalo.


Por ejemplo, el reglamento interno es un documento que sirve para señalar conductas precisas que son esperadas o que serán rechazadas en una institución, bajo el amparo más amplio de las Leyes y en consonancia con ellas. En ese sentido, este documento es parte de una serie de documentos que acompañan y articulan la organización educativa (por ejemplo, las normas técnicas, el currículo, el presupuesto, los contratos, los planes de acción, el plan anual de trabajo, los proyectos, los comprobantes, los estados de cuenta y un largo etcétera). Una escuela, ¿puede existir o funcionar al margen de dichos instrumentos? La respuesta es muy simple: no, no puede; es una condición necesaria para su existencia y funcionamiento.


Luego de constatar esta característica inexorable de la escuela, cabe preguntarnos si la tarea de la escuela consista principalmente en aplicar o llevar a la práctica lo que prescriben dichos documentos: ¿educar consiste en aplicar fórmulas precisas?, ¿qué se les pide a los educadores?, ¿los directivos se lo cuestionan?


Antes de responder, quisiera resaltar algunos asuntos implícitos en la pregunta. Entre otros, notamos estos factores: la actividad, los elementos que serán empleados por la actividad y unas pautas que guíen la acción. De entrada, parece que aplicar una fórmula implica un quehacer sobre algo pasivo de acuerdo a ciertas pautas que guían la acción. Ese es el caso de la elaboración de un pastel: el pastelero reúne materiales que mezclará de acuerdo a una receta para obtener el resultado observable que es el pastel en la mesa. Si este fuera el caso de la actividad educativa, entonces educar sería un asunto instrumental, es decir, se reduciría a la aplicación exitosa de una fórmula.


En el caso de que estuviésemos de acuerdo en ello, nos perderíamos lo más importante de la vocación educadora ya que los estudiantes no son objetos pasivos que requieren ser moldeados, sino que son personas cuyo desarrollo necesita ser guiado, estimulado ya que el progreso de su naturaleza específica no es espontáneo, sino que es libre o sea que el crecimiento de una persona exige que esta participe de manera activa y consciente. Y junto a los alumnos, en diferente medida, están sus educadores que también crecen, aunque de ellos esperamos que su desarrollo haya comenzado antes y que por ello tengan más camino (magis iter), es decir, que sean maestros.



La consideración de los protagonistas de las acciones educativas nos coloca ante un horizonte que siempre es nuevo y que es siempre capaz de hacer lo nuevo, ya que lo único nuevo que hay en el mundo son los seres humanos y las acciones que emprenden[1]. Un educador debería tener la suficiente sensibilidad para detectar este importantísimo valor.


En mi opinión, educar no es un asunto de recetas, de planes detallados cuyos puntos y comas deben fijarse exactamente antes de cada actividad de aprendizaje y cuya supervisión consista en la verificación de la ejecución exacta de los procedimientos preestablecidos. Por ello, ¿debemos prescindir de los planes y programas? No, de ninguna manera, lo que nuestra labor demanda es que coloquemos la planificación en su justo lugar, en el plano instrumental de la utilidad, es decir, como propuestas que señalan, según de qué documento se trate, pautas exactas de actuación o pretextos para la acción libre, con una apertura a la posibilidad de lo imprevisible, es decir, a la capacidad de las personas para pensar y actuar "out of the box".


Repasar este tema es un ejercicio continuo para todo profesor ya que es el motivo que hace que valga la pena la permanente exigencia por dedicarles lo mejor de nuestro talento. A su vez, esta reflexión puede servir como orientación para algunos de los temas que los directivos escolares están teniendo en cuenta en estas fechas, pues por este lado del globo el año escolar se va terminando y se prepara el año que llega. Por ejemplo:


1. La disciplina escolar

Las actividades programadas pueden ponerse en marcha con apertura a la iniciativa por parte de los estudiantes, es decir, bajo el criterio de la gradualidad que brinda la edad evolutiva, el alumno puede ser estimulado a asumir tareas y responsabilidades en primera persona. De forma creativa se puede animar a que los alumnos asuman diversos encargos que, sin alterar el orden debido sino más bien por su medio, sirvan para fortalecer los rasgos de su carácter. Los códigos de conducta y faltas deben estar inspirados por la promoción de la libertad responsable, sin reducirse a una exigencia injustificada o justificada por un orden meramente teórico. A este respecto, nada mejor que unos docentes cuyo ejemplo de vida motive a la acción virtuosa.


2. El perfil del profesor

Además de los requisitos mínimos señalados tanto por la Ley como por la escuela, el educador debería tener la disposición a tratar a sus alumnos de forma personal, es decir, destacando la singularidad por la cual cada uno es único e irrepetible, con todo lo que ello implica para la realización de una experiencia de aprendizaje realmente significativa. ¿Cuán proclives son los profesores de mi escuela a este trato?


3. El perfil del director

Cuando los dueños, Directorio, Autoridades u otros seleccionan o preparan a los futuros sucesores que tomarán las riendas de la institución educativa harían bien en considerar la sensibilidad del candidato por la dimensión libre de las acciones educativas debido al carácter personal de sus actores y, en su experiencia como educador, observar sus logros en esa dirección, en su disposición y habilidad para estimular y fomentar el talento de los demás a través de medios eficaces. Si, entre los otros aspectos del perfil, posee esa característica ello aseguraría que pueda desarrollar esas capacidades en sus colaboradores que son los maestros bajo su cargo para que ellos hagan lo mismo con sus estudiantes, en sintonía con las familias.


4. El clima institucional

Fijar como criterio la instrumentalidad de los documentos organizativos en favor de los participantes puede favorecer un ambiente en que se valore a las personas por lo que son y se les estimule a protagonizar su crecimiento a través de los planes de estudio y demás actividades establecidas. Si se genera ese tipo de trato podría suscitar un ambiente en que los participantes se sientan valorados por sí mismos y sean capaces de corresponder recíprocamente. Una de las claves operativas para esto se encuentra en el concepto y las iniciativas de participación estudiantil que el colegio Santa Margarita promueve entre sus alumnos y familias.


5. La formación docente

Además de hacer mejores programaciones, con mejores recursos, también habría que pensar la formación personal que reciben los docentes para que comprendan mejor a los niños y adolescentes que ayudan a educar. El profesor, ¿sabe qué es una persona? ¿Es capaz de explicar la naturaleza humana (antropología)? ¿Comprende en qué consiste el conocimiento humano (epistemología)? ¿Conoce de qué trata la libertad y cómo funciona (ética)? ¿Sabe cómo opera el pensamiento para hallar y desarrollar la verdad, así como para detectar el error (lógica)? ¿Identifica las características y funcionamiento de la afectividad humana? ¿Acaso creemos que la inteligencia artificial podrá reemplazar al docente? ¿Es posible educar personas sin conocer a fondo lo que son?


6. La capacitación docente

La suficiente competencia docente del profesor en la enseñanza le traerá el reconocimiento de sus alumnos y, con ello, un motivo de autoridad para que ellos deseen aprender. Sin embargo, la excelencia en ese arte es creciente y cada año hay que enriquecerse con nuevos recursos didácticos, técnicos y metodológicos que deben seleccionarse a la luz del conocimiento que brinda la supervisión pedagógica del año que fenece. O, por el contrario, ¿consideramos que la inteligencia artificial puede reemplazar la labor del profesor?


El peso que recae en los hombros de los educadores no es poco y por ello es necesario detenerse a considerar más a fondo su ser y quehacer para disponer los medios (incluidos mejores salarios) que hagan falta a fin de que lleve adelante esta responsabilidad de una manera satisfactoria para todos. Al contrario, una visión y praxis educativa reducidas a la parte administrativo-burocrática del proceso pueden languidecer la institución educativa y, en el largo plazo, desanimar la elección de las familias por la escuela que conformamos ya que todas quieren ver a sus hijos crecer, como reseñó el médico Lucas, no solo en estatura sino también en sabiduría y en gracia (Lc 2:52).

 

[1] En el primer apartado del quinto capítulo del libro The Human Condition (1958), Hannah Arendt se refiere a ambas nociones.

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